«Ordo ab chao» — del silencio, la luz; del escombro, el templo.
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Cada hermano responde ante su conciencia antes que ante todo tribunal humano. No imponemos dogma; invitamos a la búsqueda. La logia es cámara de reflexión, no de adoctrinamiento.
Dentro del templo no hay ricos ni pobres, profesiones ni clases. Todos somos piedras brutas llamadas a pulirse. El pavimento ajedrezado nos recuerda que la luz necesita de la sombra para ser luz.
La cadena de unión cierra cada tenida y recorre los siglos. Nos debemos asistencia, discreción y verdad; y ofrecemos al profano lo mismo que a nuestros hermanos más antiguos: respeto.
Convocamos hombres de toda fe, color y convicción política. Lo que nos divide afuera queda a las puertas del templo; lo que nos une dentro nos acompaña luego al mundo.
El cincel y el mazo no son ornamentos: son instrucciones. Trabajamos la piedra, la palabra, la conducta. Nada de lo que se gana sin esfuerzo tiene permanencia en el templo.
Escucha, observa, calla. El silencio no es ausencia de palabra: es la piedra en la que toda palabra digna se afila antes de ser pronunciada.
Envías una carta de intención firmada a la Secretaría de la logia.
Tres hermanos, por separado, conversan contigo sobre vida, ética y motivos.
Antes del ingreso, escribes tu testamento filosófico en soledad.
La luz te es dada en presencia de los hermanos. Comienza el trabajo.